Segundo día de estancia en París y segundo día de descubrir lugares nuevos. Como habréis podido observar en el título el día parece que fue completito pero es que ésto es lo que hay que hacer cuando uno está en París, aprovechar los días al máximo.
El día de hoy lo pasamos en la zona de Notre Dame por la mañana y en la zona de La Opera y de Las Tullerias por la tarde y por suerte el sol volvió a acompañarnos a lo largo de todo el día.
El día comenzó prontito siendo nuestra primera parada Notre Dame para evitar así las colas que se forman a media mañana cuando llegan los más rezagados.
Para ir a Notre Dame hay varias alternativas:
Si planeas llegar por Metro, la estación más cercana es Cité de la línea 4. Esta estación está a unos 5-10 minutos de Notre Dame pero la verdad que merece la pena bajarse en ella y ver el entorno que rodea la Catedral. Otra estación cercana es Saint-Michel también de la línea 4. La estación Saint-Michel está cruzando el Pont Saint-Michel, al sur de la Ile de la Cité. Otra opción es llegar en RER debiéndote bajar entonces en la estación Saint-Michel Notre Dame. Esta estación tiene correspondencia con las líneas B y C y se encuentra a unos pasos de la estación Saint-Michel del Metro.
La entrada a Notre Dame es gratuíta estando ésta abierta todos los días del año desde las 07:45 hasta las 18:45.
La Catedral Notre Dame de París es, sin ninguna duda, uno de los símbolos de la ciudad. Si bien no es la catedral más grande de Francia, es una de sus obras de arte gótico más remarcables.

Situada en la parte este de Ile de la Cité, su fachada mira hacia el oeste y da sobre la plaza Notre Dame, donde se encuentra el punto cero desde el que se cuentan todas las distancias de Francia. Sus dimensiones alcanzan los 130 metros de largo por 48 metros de ancho y una altura total de 69 metros.
La fachada presenta tres grandes portales. El Portal del Juicio Final, el más importante al centro, muestra esculturas representando la resurrección de los muertos, un ángel con una balanza pesando virtudes y pecados y demonios que se llevan las almas pecadoras, imágenes que sin duda habrán tenido gran peso en el inconsciente popular en la Edad Media. Los dos portales laterales fueron consagrados a la Virgen María y a Santa Ana, su madre.

A unos 20 metros del suelo, una galería con 28 estatuas se levanta por encima de los portales. Cada estatua, de 3,5 metros de altura, representa los 28 reyes de Judea que precedieron la llegada de Cristo. De las estatuas originales medievales sólo quedan fragmentos.
Sobre el portal central se destaca el gran vitral circular de la roseta, de casi 10 metros de diámetro, uno de los elementos más notorios de la fachada. Sin embargo, este vitral no es el más grande de la catedral, ya que las fachadas norte y sur presentan vitrales de 13 metros de diámetro. Por encima de la roseta, una hilera de columnas y luego las dos torres con campanario completan la cara oeste.
El lugar donde se encuentra la catedral estuvo desde mucho tiempo antes de su construcción ligado a las actividades religiosas.
La tribu celta de los parisii, los primeros habitantes de la isla, al parecer celebraban allí sus rituales y posteriormente los romanos habían erigido un templo en honor a Júpiter. Una primera iglesia cristiana se habría construido luego en honor a Saint Etienne, y sobre ella una iglesia románica, que es la que perduró hasta 1163, año en que el arzobispo Maurice de Sully decidió la construcción de la catedral.

La edificación coincidió con un período de prosperidad y de creciente dominio de la ciudad, por lo cual la obra debía reflejar este poderío. Así, la edificación se realizó sin interrupciones por problemas económicos, aunque sólo se dio por concluida a mediados del siglo XIV, después de muchas modificaciones e intervenciones de diferentes arquitectos y artesanos.
Las turbulencias de la historia, el deterioro por el paso del tiempo y las nuevas tendencias arquitectónicas hicieron que la Catedral sufriese numerosas modificaciones y restauraciones, la más notable emprendida en 1844 por Eugene Viollet-le-Duc y Jean-Baptiste Lassus, que se prolongó por 23 años. Más recientemente, en 1965, excavaciones bajo la catedral revelaron la existencia de catacumbas de la época romana y habitaciones medievales.
Víctor Hugo escribió en 1831 su novela "Notre Dame de París". Situando los acontecimientos en la catedral durante la Edad Media, narra la historia de Quasimodo, el jorobado que se enamora de la bella gitana Esmeralda y sufre el hostigamiento de su tío Frolo. Su ilustración poética de la arquitectura de la catedral permitió a muchos descubrirla de una forma diferente.
Decir que la obra fue llevada al cine de la mano de Disney en el año 1997. En ella podemos además del valiente, fiel, amigable y cariñoso Cuasimodo , la bella gitana Esmeralda y el malvado juez Frolo al apuesto capitán Febo, a la cabra Djali, al bufón Clopin ya a las tres simpáticas gárgolas que habitan en el campanario Víctor, Hugo y Laverne.
A modo personal decir que Notre Dame nos encantó y que impresiona realmente aunque la gran cantidad de gente que en ella hay complica un poco la cosa pero vamos nada del otro mundo. Quien vaya con la mentalidad de no encontrar gente en Paris mejor que cambie de destino. Tuvimos la oportunidad de ver una misa en directo y espectacular. Nos quedamos con ganas de asistir a la sesión de canto gregoriano que había por la noche pero el precio ( 13 euros ) y el hecho de no sobrarnos el tiempo hizo que al final desistieramos.
Tras ver Notre Dame fuimos directos a subir a sus Torres no sin antes hacer parada en el Km. 0 de París en donde no dejamos pasar la oportunidad de echarnos una foto y el cual se encuentra justo en frente de la Catedral y desde el cual y tal como dijimos anteriormente se miden todas las distancias de París.

El acceso a las Torres se encuentra en la fachada lateral derecha de la Catedral. Abren de 10:00 a 17:30 del 1 de octubre al 31 de marzo y del 1 de abril al 30 de septiembre de 10:00 a 18:30. Es recomendable ir a primera hora pues se suelen formar grandes colas. Nosotros fuimos a cosa de las 11:00 y aunque fue en el sitio que más tuvimos que esperar de todo nuestro viaje la espera no duró más de 20 minutos.
Las mejores vistas de las Torres son las que se pueden observar al atardecer aunque también es la hora en la que más gente hay.
La entrada a las Torres es gratuita si se presenta la Paris Mussem Pass. Si no habría que pagar 7.50 euros o 4.80 en el caso de tener entre 18 y 25 años.
Llegar hasta arriba puede convertirse en una auténtica odisea para aquellos que no estén en buena forma pues están bastante bastante más altas de lo que en un principio podemos pensar por lo que si os estáis planteando subir tomárselo con calma. Si a ésto le unimos que las escaleras de subida son realmente estrechas encontramos una combinación perfecta pero bueno la verdad que cuando uno está arriba se da cuenta de que realmente ha merecido la pena.

Pasear entre gárgolas con esas maravillosas vistas de la ciudad es algo que no tiene precio, realmente os lo aconsejo pues es muy muy bonito.

Decir también que al que aún le queden ganas de subir escalones puede subir unos pocos más y llegar a la zona de las campanas donde se puede observar el gran tamaño de las mismas.

Con esas maravillosas vistas en la mente por desgracia tocaba bajar de nuevo a la realidad. De Notre Dame fuimos a la Cripta Arqueológica de la ciudad de París la cual se encuentra justo delante. Su entrada está muy mal señalizada pareciendo realmente una boca de metro.
La entrada a la Cripta es gratuita con la Paris Musseum Pass. Si no habría que pagar 3.20 euros o 1.60 si eres menor de 26 años. Solo está abierta de martes a domingo de 10:00 a 18:00.
La cripta arqueológica de la plaza de Notre-Dame de París alberga vestigios de numerosas épocas, desde la Antigüedad (salas galo-romanas), pasando por la Edad Media (restos medievales de la calle Neuve Notre-Dame) y llegando al siglo XIX (cimientos del Hospicio des Enfants-Trouvés, trazado de las alcantarillas haussmanniens…) En esta zona se han llevado a cabo numerosas campañas de excavación, entre las que destacan dos, por ser las que dejaron al descubierto restos destacables de las épocas romana y altomedievales: la primera en 1847, fue dirigida por el profesor Théodore Vacquer (con quien se redescubre el París antiguo), y la segunda de 1965 a 1967, por Michel Fleury (Vicepresidente de la Comisión du Vieux París y entonces director de las Antigüedades históricas de la región Île-de-France).
Hemos de decir que no nos gustó nada y que menos mal que nos salió gratis pues en su defecto hubiera sido tirar el dinero ya que todo está en Francés y no te enteras de nada por lo que si no queréis perder el tiempo no entréis.
Con la decepción encima de la Cripta Arqueológica presente nos fuimos a la Santa Capilla aunque haríamos un alto en el camino para ver el Mercado de las Flores el cual se halla ubicado justo en la salida de la estación de Metro "Cité".

El Mercado de las Flores está construido a base de estructuras metálicas y funciona todo el año. Los domingos las flores dejan el espacio a los pájaros por lo que no os extrañéis si os encontráis con una gran variedad de jaulas.

Al lado de los tradicionales ramos de flores, también se pueden encontrar plantas más originales para una ciudad como París como: cactus, palmeras, orquídeas y plantas carnívoras y alguna que otra tienda con productos hechos a mano muy muy bonitos.

La verdad que no teníamos pensado hacer parada en este lugar pero salimos encantados. Cuando uno entra a él, el hecho de que haya poca gente sirve para desconectar un poco de la maraña de gente que en esos momentos hay a su alrededor.
Tras El Mercado de las Flores nuestra siguiente parada ahora sí sería la Santa Capilla.
Entrar a la Santa Capilla es gratuito si se tiene la Paris Musseum Pass. En su defecto habría que pagar 7.50 euros o 4.80 en el caso de tener menos de 25 años.
El horario de la Santa Capilla es el siguiente: del 1 de noviembre al 28 de febrero permanece abierta desde las 09:00 hasta las 17:00 y del 1 de marzo al 31 de octubre desde las 09:30 hasta las 18:00.

La Sainte Chapelle es considerada una verdadera joya del arte gótico. Edificada en el corazón del Palacio de la Cité (Conciergerie), su historia se remonta al siglo XIII, cuando el rey Luis IX -futuro San Luis de Francia- mandó construir una capilla para guardar las reliquias de la Pasión de Cristo. En 1239, tras dos años de negociaciones, Luis IX había comprado al emperador de Constantinopla la corona de espinas de Cristo por una suma considerable, y en 1241, un trozo de la Santa Cruz proveniente de Bizancio. Por ello es que decidió construir un lugar digno de conservar estos tesoros.
Ningún documento dejó testimonio acerca del autor del proyecto de la capilla; en general se reconoce a Pierre de Montreuil, quien trabajó en Notre Dame y en la abadía de Saint Denis, como el hacedor de la obra. La Sainte Chapelle fue construida entre 1241 y 1248; un tiempo récord para la época.
Concebida como un relicario precioso, debía servir también como capilla real. Estaba compuesta, en realidad, de dos capillas superpuestas: La inferior estaba destinada a la gente común del palacio y la superior, a la familia real.
La capilla baja fue dedicada a la Virgen María sirve de base a la capilla alta. Su altura relativamente pequeña -6,60 metros en su parte más elevada- y macizos pilares que soportan toda la estructura del edificio, dan la impresión al visitante de entrar a una cripta. El cielorraso está preciosamente adornado en colores oro y azul.
Por medio de una escalera de caracol se accede a la capilla alta, concebida como un relicario monumental, delicadamente pintada y trabajada. Los muros fueron totalmente evitados, instalando en su lugar 670 m2 de enormes vitrales que representan escenas religiosas. La luz que penetra por estos vitrales, en los cuales los colores dominantes son el rojo y el azul, da a la capilla un aire de magnificencia. Es aquí donde se conservan las reliquias, en un imponente relicario de plata y cobre.

La Sainte Chapelle sufrió las vicisitudes del tiempo y los vaivenes de la histoira. Fue afectada por dos incendios, en 1630 y 1776. Los vitrales de la capilla baja fueron destruidos luego de una crecida del Sena en 1690. Durante la Revolución, fue despojada de sus tesoros, algunas estatuas fueron desfiguradas, el mobiliario de la capilla alta desapareció y el relicario fue retirado para su fundición.
La Corona de espinas fue salvada y enviada finalmente a Notre Dame. Perdiendo así su función original.
En 1837 se propone un plan de restauración, que llevan adelante entre 1840 y 1868 Felix Duban, Jean Baptiste Lassus y Emile Boeswillwald, aconsejados por Viollet-le-Duc, el mismo que se encargaría de la restauración de la catedral de Notre Dame. De los enormes vitrales de la capilla alta, dos tercios son los originales, y constituyen el conjunto más completo del arte del vitral del siglo XIII.
Para entrar a la Santa Capilla esperamos una cola de alrededor de 15 minutos debido en gran medida al detector de metales que hay puesto en la entrada y el cual le termina por pitar a todo el mundo pero la verdad que la espera mereció y muy mucho la espera.
Mucha gente no conoce este monumento pero a nuestro juicio debería convertirse en una visita casi casi obligada. El encanto de la Santa Capilla reside en verla en un día de luz mientras ésta penetra por sus magníficas vidrieras y nosotros gracias a dios disfrutamos de un día de éstos.
En la Santa Capilla te dan una guía para que puedas identificar a que pertenece cada vidriera aunque algunas están tan altas que es prácticamente imposible hacerlo no por ello restándole majestuosidad a este increible edificio.

De la Santa Capilla fuimos a La Conciergierie o actual Palacio de Justicia el cual está justo al lado de ésta, de hecho se entra por la misma puerta.
La entrada a La Conciergierie es gratuita si se dispone de la Paris Mussem Pass. Si no habría que pagar 6.50 euros o 4.50 en el caso de tener menos de 25 años. Los menores de 18 entran gratis. El horario de La Conciergierie es el siguiente: Del 1 de marzo al 31 de octubre está abierto de 09:30 a 18:00 y del 1 de noviembre al 28 de febrero de 09:00 a 17:00.

La Conciergerie, el imponente edificio que ocupa el extremo occidental de Ile de la Cité, es el vestigio del más antiguo palacio real de París, convertido en prisión en el siglo XV. Habiendo sido sitio de residencia real ya desde épocas de los romanos, fueron los Capetos quienes desde el siglo X, para demostrar su poder frente a los señores feudales, construyeron el enorme palacio.
Entre los siglos XIII y XIV, Felipe el Hermoso lo ampliaría emebelleciéndolo aún más, haciendo del palacio la más suntuosa residencia real de la Europa medieval, al tiempo que constituía un centro administrativo importante. De esta época se conservan la Salle de Gens d'Armes y las cocinas que construyera Juan el Bueno. A partir del reinado de Carlos V de Francia, a fines del siglo XIV, los reyes abandonaron el Palacio de la Cité para ocupar el Louvre y Vincennes, dejando al Concierge la guardia del viejo palacio confiándole poderes de policía y justicia. Así, las partes bajas del edificio fueron convertidas en prisión. En el siglo XV, era ya la prisión más importante de la ciudad.
Esta función carcelaria se afirmó con el paso del tiempo, y en 1793 la Conciergerie llegó a ser el principal lugar de detención de prisioneros de la justicia revolucionaria. Considerada la antesala de la muerte, difícilmente un detenido salía en libertad, víctima de una justicia expeditiva y sangrienta. En total, el Tribunal Revolucionario dejaría un saldo de 2700 muertos durante 718 días de ejercicio, entre los cuales encontramos a la reina María Antonieta de Austria, Robespierre, Danton, los 21 diputados girondinos y muchos otros personajes destacados de París.
Desde el fin del Terror, el palacio fue dedicado a la nueva organización judicial. Renovada y restaurada durante el siglo XIX, la Conciergerie siguió siendo lugar de justicia, ejecuciones y sentencias durante casi todo el siglo XIX. Destruida por incendios durante los acontecimientos de la Comuna en 1871, su restauración llevó una veintena de años. Si bien fue declarada Monumento Histórico en 1862, sólo en 1934 dejó de cumplir funciones carcelarias.
Una visita a la Conciergerie permite conocer las condiciones en que los detenidos eran alojados. Al principio, quienes podían pagar tenían celdas mejor acomodadas y hasta podían comer correctamente, pero durante el Terror las condiciones se degradaron y todos, ricos o pobres, dormían sobre paja directamente en el suelo. Las salas reconstruidas en el siglo XVIII evocan las horas trágicas de esta época, particularmente las celdas donde estuvo detenida María Antonieta de Austria antes de ser decapitada.
La enorme Salle de Gens d'Armes da una idea de la magnificencia del palacio en época de los Capetos: con una dimensión de 64 metros de largo, 27,5 de ancho y 8,5 metros de altura, sus pilares y el techo abovedado, esta sala excepcional, construida a principios del siglo XIV, servía de comedor al personal al servicio del rey pudiendo dar cabida a unas 2000 personas. Durante la revolución, esta vasta sala fue compartimentada para albergar miles de prisioneros. La Cour de Femmes era el espacio destinado a las mujeres y conserva el aspecto de los tiempos del Terror, con mesas de piedra donde comían y una fuente que servía para el aseo.
A orillas del Sena destacan en el imponente edificio cuatro torres: La Tour de l'Horloge, la Tour Bombec, la Tour d'Argent y la Tour de César. La torre de l'Horloge, al noreste de la Conciergerie, fue construida por Juan II y en ella se colocó el primer reloj público de París. El antiguo reloj fue reemplazado en 1585 por el que se ve actualmente.
Nosotros aquí no entramos pues se nos hizo un poco tarde y el hambre apretaba por lo que bocata en mano nos fuimos a comer a la plaza que hay justo delante de Notre Dame con la Catedral de fondo , unas vistas que difícilmente podrían haber sido superadas por cualquier brasserie de la zona. Comidos y con fuerzas para afrontar la tarde de andar que nos esperaba nos fuimos a nuestra siguiente parada el Hotel de Ville o Ayuntamiento de París.

Al Hotel De Ville se puede llegar andando perfectamente desde Notre Dame aunque si no queréis hacerlo saber que hay justo una parada de metro al lado la cual lleva por nombre Hotel de Ville.
Decir que la plaza y el edificio del Ayuntamiento están estrechamente ligados a la historia de la ciudad desde épocas medievales. La plaza no era más que una zona pedregosa hasta que en 1141 los mercaderes que transportaban mercancías por el Sena establecieron allí un puerto, con el objeto de aliviar al de la Cité. Así, en el puerto de Greve anclaban los barcos con provisiones de trigo, madera, carbón, vino...
En 1170 el rey les había conferido a estos "comerciantes del agua" el monopolio en el aprovisionamiento, lo cual les otorgaba cierto poder ya que todas las mercancías llegaban principalmente por barco.
En 1246, Luis IX creó la primera municipalidad; los comerciantes elegían a quienes los representarían junto al rey. Su jefe fue llamado "Prevot des Marchands", algo así como "encargado del comercio". Durante un siglo las reuniones se celebraron en la rivera izquierda en proximidades de la Abadía de Santa Genoveva. Hasta que, en 1357, el Prevot des Marchands Etienne Marcel, haciendo uso del poder que le otorgaba el monopolio comercial de sus representados, adquirió para sede de las autoridades municipales un edificio gótico -llamado "la casa de los pilares"- frente a la Plaza de Greve, simbolizando de esta forma las libertades municipales adquiridas contra el poder del rey, por entonces Carlos V.

La pequeña plaza de Greve fue escenario de festejos, de revueltas y también de ejecuciones y suplicios -que incluían apaleamientos, descuartizamientos, muerte en la hoguera, entre otros- desde la Edad Media. Ya en tiempos de la Revolución, fue en la Place de Greve donde se utilizó la guillotina por primera vez, espectáculo algo decepcionante para los parisinos, acostumbrados a ejecuciones más lentas y penosas...
En el siglo XVI, bajo el gobierno de Francisco I, la "casa de los pilares" fue reemplazada por un verdadero palacio renacentista. Según el diseño del arquitecto italiano Boccador, la construcción se desarrolló entre 1533 y 1628. En 1836 y 1850, bajo el gobierno de Luis Felipe, el palacio fue ampliamente refaccionado, agrandado y decorado, conservando siempre la fachada renacentista.
En 1848 y 1870 sirvió de refugio a los republicanos que proclamaban la II y III República luego de la caida de Luis Felipe y Napoleón III respectivamente. Pero la caida de Napoleón fue un hecho dramático; una revuelta de un grupo de parisinos que invadieron el Hotel de Ville el 28 de marzo de 1871 finalizó con el incendio del Hotel, que quedó reducido a cenizas, al igual que todos los archivos municipales.
El edificio pudo ser reconstruido tal como era años después, entre 1873 y 1882. En sus fachadas, numerosos nichos y pilares albergan 108 personajes célebres de la historia de París y 30 estatuas que representan ciudades francesas. El interior ricamente adornado con pinturas, detalles en oro, mármoles y finas maderas testimonia la magnificencia de la III República.
Desde 1977, el Alcalde de París dirige en el Hotel de Ville las sesiones del Concejo Municipal, abiertas al público los lunes.

El Hotel de Ville es realmente bonito , una auténtica pena que no se pueda entrar. Justo en la plaza de en frente había una pista de patinaje bastante chula por lo que si alguien se atreve a entrar y no pegarse un culetazo que se anime.
Rumbo a la Opera Nacional de París o Palais Garnier cogimos el metro en Hotel de Ville y en apenas 15 minutos estábamos en nuestro destino.

El edificio de la Opera Garnier el cual tiene al lado la parada de metro Palais Garnier destaca especialmente en el distrito IX de la ciudad constityendo junto a la Opera Bastilla el establecimiento público llamado "Opera Nacional de París".
La construcción del palacio se enmarcó dentro de la política de reestructuración de París que llevó a cabo el Barón Haussmann a mediados del siglo XIX. Napoleón III decidió la edificación de una "Academia Imperial de Música y Danza" y para ello se convocó a un concurso internacional, que dio como ganador, entre más de 170 proyectos presentados, a un joven arquitecto casi desconocido en París: Charles Garnier.
La forma irregular del terreno que Haussmann destinó a la construcción así como la proximidad de altos edificios en los alrededores hicieron bastante difícil el trabajo en la obra, que se prolongó desde 1860 hasta 1875, siendo inaugurada el 15 de enero de ese año con gran pompa.
Numerosas peripecias enfrentó la evolución de la gran obra, entre ellas la poca profundidad de la capa freática que provocó no pocos problemas a la hora de realizar los cimientos. Este inconveniente dio nacimiento a la leyenda sobre la existencia de un lago subterráneo, que sabiamente supo utilizar Gastón Leroux en su famosa novela "El fantasma de la ópera".
Durante la construcción, Napoleón III pidió a Haussmann la apertura de una gran avenida que uniera la ópera con el Palacio de Tullerías, donde él residía. Para ello fue necesaria la expropiación y demolición de todo un barrio y la avenida de la Opera fue concluida en 1879, cuatro años después de la inauguración del Palacio de la Opera. La Avenida de la Opera es, entonces, el único gran eje diseñado por Haussmann sin una utilidad real.
En adelante, la avenida se vería bordeada por residencias burguesas, tiendas de lujo, bancos y sedes de compañías de seguros.
Problemas de tipo presupuestario en razón de conflictos con Alemania, la caida del imperio en 1870 y los hechos de la Comuna de París en 1871 retrasaron considerablemente la inauguración, e incluso quedaron partes inconclusas. Se dice que Charles Garnier fue invitado a la inauguración debiendo pagar su entrada y ocupar un palco secundario, hecho que expresa el rechazo de las nuevas autoridades hacia quienes habían servido al emperador, quien por su parte nunca pudo recorrer la avenida abierta exclusivamente para él...
Ricamente adornado, el palacio Garnier resplandece tanto por fuera como por dentro. Garnier convocó a catorce pintores y mosaiquistas y 73 escultores para la ornamentación del palacio. La impresionante escalera de mármol es, sin duda, el punto más atractivo, que fuera en la época lugar de representación social, donde los burgueses gustaban de mostrarse del brazo de su esposa. Los foyers, espacios dedicados al paseo en los entreactos, también están ricamente decorados con mosaicos sobre fondo dorado, y fueron concebidos por Garnier al estilo de los grandes palacios franceses, tales como el palacio de Versalles. Destaca también el Salón del Glaciar, que fuera terminado luego de la inauguración, con su techo pintado por Clairin. La sala de espectáculos, en rojo y dorado y con techo pintado por Chagall, tiene forma de herradura y es iluminada por una inmensa araña de cristal. Sus 1900 asientos están forrados en terciopelo rojo y no es menos impresionante el enorme telón que cubre el escenario.
Entrar a la Opera es gratuito si se dispone de la Mussem Pass. Si no el precio sería de 6 euros o de 3 en caso de tener menos de 19 años o ser estudiantes.
La Opera está abierta todos los días de 10:00 a 16:30 por lo que si queréis visitarla debéis hacerlo prontito. Es importante llegado a este punto decir que los días que hay representación la Opera permanece cerrada.
Nosotros cuando llegamos ya estaba cerrada. Solo pudimos acceder a la entrada y la verdad que no pintaba nada mal la cosa pero bueno otra vez será.
Con la desilusión de no haber podido ver la Opera nos fuimos dirección Place Vendome por la rue St-Honoré, la cual destaca por sus tiendas de alta costura y moda en general. Esta calle viene a ser en París como lo es Serrano u Ortega y Gasset en Madrid
La Place Vendome fue edificada desde la segunda mitad del siglo XVII a la primera del XVIII, como una plaza de líneas austeras encaminadas a realzar en el centro la efigie de Luis XIV, efigie derribada en época revolucionaria.

Posteriormente se alzó una columna de inspiración napoleónica que también ha sufrido hasta hoy diversos avatares en función de la historia.
La plaza, de 214 por 224 metros, es austera, y en sus magníficos y armoniosos edificios se ubica el ministerio de Justicia y numerosas casas comerciales, bancos, joyerías, etc., de alto nivel.
Entre las tiendas que podemos encontrar están: Chanel, Dior, Bulgari y Patek Philippe entre otras. Decir también que en esta plaza se encuentra ubicado el famoso hotel Ritz de París donde pasó Lady Di sus últimos momentos antes de morir y numerosas joyerías de lujo.

No es una plaza bonita de ver si no fuera por las tiendas de lujo que ella lo pueblan pero bueno como nos pillaba de paso pues no le hicimos asco a la visita.
Desde la Place Vendome fuimos a la que sería una de nuestras últimas paradas , La Madeleine una iglesia con forma de Templo romano en pleno centro.

La Madeleine se encuentra enclavada en un lugar de excepción, en el corazón de París, dominando el Faubourg de Saint Honoré y los grandes boulevares. El turista que llega a la Iglesia de la Madeleine por la Rue Royale, desde la Place de la Concorde, se encuentra con un edificio que en nada parece a las demás iglesias de París, a causa de su inusual estilo arquitectónico neoclásico. A menudo se la asemeja a otros edificios construidos en la misma época, como el Panteón o la Asamblea Nacional.
La historia de la iglesia de la Madeleine de París es larga y enrevesada considerando que su construcción se prolongó durante casi 80 años en los que hubo cambios políticos e ideológicos diversos. Proyectada en un principio para satisfacer un número creciente de fieles, Luis XV posó la primera piedra en 1765 y eligió como arquitecto a Contant d'Ivry. Habían comenzado ya las obras cuando sobrevino su muerte en 1777 y su alumno y sucesor, Guillaume-Martin Couture, modificó completamente el proyecto, tal vez influenciado por Soufflot que para entonces encaraba la construcción de la Iglesia de Santa Genoveva (Panteón). Así, Couture sugiere una iglesia en cruz griega en lugar de latina, con gran pórtico de columnas corintias y un enorme domo.
Cuando estalló la Revolución, la construcción había avanzado a la altura de los capiteles de las columnas. Pero el momento claro que no era propicio para la construcción de una iglesia y los trabajos se detuvieron hasta 1804.
Mientras tanto, numerosos arquitectos proponían diferentes fines para el edificio: Un gran palacio para albergar la Convención Nacional, un Templo a la Revolución (cerca de la guillotina que estaba en la Place de la Concorde), una biblioteca nacional o una ópera.
En 1806 un decreto afectó el inmueble al Banco de Francia, el Tribunal de Comercio y la Bolsa de París. Para el proyecto se convocó a Pierre-Alexandre Vignon, pero nunca llegó a concretarse. A fines de ese mismo año, Napoleón I firmó un decreto donde establecía la edificación de un templo a la gloria del ejército francés. Se presentaron más de 80 proyectos al concurso, entre los cuales Napoleón eligió el de Vignon: un templo períptero, inspirado en la arquitectura greco-romana.
En 1807 Vignon encara la obra demoliendo casi todo lo existente pero recuperando las columnas. A la caida de Napoleón en 1815, Luis XVIII decide dar al edificio un caracter religioso expiatorio, evocando a los Borbones guillotinados en la Place de la Concorde. La idea fue descartada cuando en 1826 se concluyó a tal fin una capilla en la plaza Luis XVI.
Vignon murió en 1828 y Huvé prosiguió con la obra pese a las dificultades económicas. En 1830, la Monarquía de Julio previó nuevamente un santuario de reconciliación nacional. Las obras continuaron con las esculturas y bajorrelieves que adornan la iglesia, en las cuales intervinieron numerosos artistas: Lemaire, Ziegler, Marochetti, Rude, Pradier, entre otros. La puerta de bronce fue obra de Henri de Triqueti.
Por fin la iglesia fue inaugurada, el 24 de julio de 1842, día de Santa María Magdalena, aunque recién en 1846 se instaló el gran órgano de Cavaillé-Coll y en 1893 Lamaire concluyó el mosaico del ábside.
La Madeleine está abierta desde las 08:30 hasta las 18:00 y su entrada es gratuita. El metro más cercano a ella es el de Madeleine y el RER el de Auber.
La verdad que es una iglesia impresionante de ver por fuera , realmente grande y bonita destacando sobre todo por el enclave urbano en el que se encuentra.
Por dentro también es muy bonita de ver aunque el hecho de ser muy oscura le resta bastantes puntos.
Vista La Madeleina nos fuimos andando rumbo a la Place de la Concorde y al Jardín que está justo a su lado , el de Las Tullerías.
La Place de la Concorde es sin duda la plaza más bella y y que más nos gustó además de ser la más grande de París. Su situación ofrece vistas espectaculares de una de las zonas más atractivas de la ciudad: Hacia el este, una perpectiva del Jardín de las Tullerías, el Arco del Carrousel y el Louvre; hacia el oeste, la Avenida de los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo. La Rue Royale se abre hacia el norte hasta alcanzar la Iglesia de la Madeleine, y al otro lado del Sena, cruzando el Puente de la Concorde, se destaca el Palacio Borbón, sede de la Asamblea Nacional.
El centro de la plaza es dominado por un imponente obelisco de granito rosa de Luxor de más de 3300 años de antigüedad y casi 23 metros de altura, regalo de Egipto a Francia. En cada una de las esquinas de la plaza, de forma octogonal, se encuentra una estatua representando una ciudad francesa: Brest, Ruán, Lión, Marsella, Burdeos, Nantes, Lille y Estrasburgo. Al norte y al sur del obelisco, dos fuentes monumentales representando temas marinos completan la plaza.
La historia de la Place de la Concorde se remonta a la época de Luis XV, quien decidió la realización de una plaza con su estatua ecuestre al centro y rodeada de hoteles -actualmente el prestigioso Hotel Crillon y el Ministerio de la Marina, a ambos lados de la Rue Royale.
En tiempos de la Revolución, la estatua del rey fue reemplazada por una que simbolizaba la libertad, y la plaza fue tristemente célebre con la instalación de la guillotina; de las casi 2500 personas guillotinadas en esta época, 1119 fueron ejecutadas en esta plaza, entonces conocida como Plaza de la Revolución. Con el fin del Terror se decidió que su nombre sería el de "Plaza de la Concordia".
Para los gobernantes que siguieron la plaza presentaba un problema político, siempre marcada por los recuerdos de la época del Terror. Durante la Restauración, el retorno de la monarquía al poder, surgió la idea de colocar una estatua en memoria de Luis XVI, una forma de honrar a aquellos nobles que murieron en este lugar, lo cual nunca se concretó.
Finalmente, en 1831 el virrey de Egipto Mohamad Ali regala a Francia un obelisco que marcaba la entrada al templo de Aman en Luxor. Luis Felipe I decidió que se instalaría en la Place de la Concorde, donde no recordaría ningún suceso político. En 1833 comenzó su traslado a París después de muchas peripecias dado su tamaño y su peso de 227 toneladas, llegando a la ciudad en 1836. El obelisco está
recubierto por jeroglíficos y en el zócalo hay grabados que describen las técnicas utilizadas para su transporte.
Tras ver un poco La Place de La Concorde y deleitarnos con sus maravillosas vistas decidimos acceder al Jardín de las Tullerías el cual cierra a las 19:30.

Desde el siglo XII este vasto espacio había sido ocupado por fábricas de "tuiles" (especie de tejas, de donde deriva su nombre) y huertas. En 1564, Catalina de Médicis hizo construir allí un palacio, el Palacio de Tuileries, rodeado de un gran jardín al estilo florentino, donde destacaban fuentes adornadas de esculturas, un laberinto, gran cantidad de árboles ornamentales y frutales, césped, macetas con flores, huerto y hasta una viña...
Grandes recepciones y fiestas fastuosas se celebraron en estos jardines, que para entonces eran jardines personales de la reina y estaban rodeados por altos muros. En 1594 se plantaron cipreses y gran cantidad de moreras para la crianza de gusanos de seda. Caballerizas y jaulas con pájaros tuvieron también su lugar en este pequeño paraiso.
En 1664, Luis XIV encargó a André Le Nôtre el rediseño del jardín, abriéndolo a la gente de la alta sociedad; fue el primer jardín público de París. Sus avenidas arboladas, donde alternaban arces, castaños de indias, cipreses y olmos, se fueron poblando de estatuas. Tulipanes y claveles llenaban de color la primavera y el verano. Sucesivamente aparecieron los estanques, primero el gran estanque redondo, luego los dos más pequeños y finalmente el estanque octogonal al oeste en 1669.
Cuando la corte se estableció en el Palacio de Versalles sólo se hicieron en las Tullerías trabajos de mantenimiento. Al regreso, en 1715, trayeron consigo gran cantidad de estatuas que dispersaron en el jardín.
En tiempos de la Revolución, palacio y jardines fueron el centro del poder republicano. Un plan de reestructuración transformó el jardín italiano en inglés: Aumentaron los espacios de césped y se reemplazaron macetas por árboles y arbustos con flores perfumadas... algunos, pensando que era demasiado lujoso, sugirieron utilizarlo como huerta. La idea no prosperó sino que por el contrario, se pensaba en embellecerlo con pórticos, palestras, propileos... Luego de la caida de Robespierre, este proyecto fue abandonado.
A fines del siglo XVIII el jardín se volcaba hacia el neoclasicismo, poblado de estatuas clásicas restauradas y tomadas de la nobleza. Se plantaron naranjos y plantas cítricas y las flores se vendían en subastas, en tanto que el acceso al público fue restringido. Napoleón continuó el plan real de reunir el Louvre al Palacio de Tullerías y erigió el Arco de Triunfo del Carrousel, al tiempo que volvieron las grandes fiestas en los jardines.
En 1862 se construyó el Jeu de Paume, una suerte de espacio dedicado a un juego que podríamos llamar predecesor del tenis.
Los sucesos de la Comuna en 1870 acabaron por incendiar el palacio de Tullerías, que finalmente nunca fue recuperado y se decidió arrasar. Hacia fines de siglo, los jardines recuperaron su caracter público y se desarrollaron eventos sociales de importancia, tales como el "Salón del Automóvil" y festejos de fechas importantes. Las guerras mundiales afectaron seriamente el estado del jardín, que fue progresivamente restaurado para recuperar su rol festivo.
El bicentenario de la revolución, en 1889, marcó el fin de estas festividades, para consagrar el Jardín de Tullerías como espacio puramente de paseo. El proyecto de restauración intentó respetar la historia del Jardín, conservando estanques, vegetación y esculturas, constituyendo un verdadero museo de arte al aire libre.

La verdad que nos nos gustó mucho pues al ser invierno no se puede observar la majestuosidad del mismo en todo su esplender pero bueno. Tras ésto nos compramos una crepe justo en la puerta del Parque y nos quedamos sentados a esperar a que dieran las 19:00 y ver la Torre Eiffel iluminada en el horizonte mereciendo realmente la pena la espera pues las vistas son realmente bonitas de noche.


Con esas maravillosas vistas en la mente cogimos el metro en Concordia y nos fuimos rumbo al hotel. Nos bajamos en la estación de la motte piquet grenelle y decidimos investigar que sitios había para cenar con tan buena suerte que encontramos un pizza hut y decidimos entrar para ver que tal salía la cosa y no pudo ir la verdad mejor ya que uno de los empleados hablaba en español. Nos cogimos un menú para dos por 16 euros compuesto por una bebida de 1 litro , un entrante y una pizza de tamaño bastante grande. Nos la llevamos al hotel , nos la comimos calentita y nos echamos a dormir con el fin de cargar las pilas para disfrutar al máximo el día que nos esperaba.